El envejecimiento de la población está aumentando la demanda de cuidados de larga duración. Ante la escasez de profesionales y el aumento de los costes, cada vez se plantea más el uso de inteligencia artificial (IA). Sin embargo, el uso de esta tecnología también genera dilemas éticos y sociales: cómo proteger la privacidad de las personas, evitar sesgos o garantizar que la tecnología no sustituya la relación humana. Este artículo propone un enfoque para usar la IA de forma responsable en los cuidados de larga duración, centrado en las necesidades reales de las personas mayores y de quienes las cuidan.
Las principales claves son que la IA puede aportar beneficios importantes: al analizar datos de salud para detectar riesgos o cambios en la salud de las personas mayores, ayudar a organizar el trabajo de los profesionales y optimizar recursos, automatizar tareas administrativas o repetitivas y apoyar la toma de decisiones clínicas o asistenciales.
No obstante, las propuestas tecnológicas deben centrarse siempre en la calidad del cuidado, y no tanto en la eficiencia o el ahorro. Este enfoque se basa en varios principios: poner en el centro a las personas que reciben cuidados, diseñar las tecnologías con la participación de usuarios, familias y profesionales; garantizar derechos, dignidad y autonomía de las personas mayores; evaluar los efectos sociales y éticos antes de implementar tecnologías, y utilizar la IA como apoyo al cuidado humano, no como sustituto.
