KRISTIN L. CAMPBELL, KERRI M. WINTERS-STONE, JOACHIM WISKEMANN,ANNEM.MAY, ANNAL.SCHWARTZ, KERRY S. COURNEYA, DAVIDS.ZUCKER, CHARLES E. MATTHEWS, JENNIFER A. LIGIBEL, LYNN H. GERBER, G. STEPHEN MORRIS, ALPAV.PATEL, TRISHAF.HUE, FRANKM.PERNA, and KATHRYN H. SCHMITZ
El documento sintetiza y actualiza la evidencia científica disponible hasta 2019 para establecer recomendaciones claras y basadas en pruebas sobre el ejercicio físico en personas con cáncer, con el objetivo de orientar tanto a profesionales sanitarios como a pacientes y supervivientes.
Entre las principales conclusiones, el ejercicio físico es seguro para la mayoría de las personas con cáncer, incluso durante tratamientos activos, siempre que esté adaptado a su situación clínica. La actividad física regular mejora múltiples resultados de salud, sin aumentar el riesgo de eventos adversos graves, y debe considerarse parte integral del cuidado oncológico, no solo una recomendación opcional. No existe una única “receta”: los programas deben ser individualizados, teniendo en cuenta el tipo de cáncer, el tratamiento, los efectos secundarios y el estado funcional.
La evidencia muestra que el ejercicio reduce la fatiga relacionada con el cáncer, mejora la capacidad cardiorrespiratoria, aumenta la fuerza muscular, mejora la función física y la movilidad, reduce síntomas de ansiedad y depresión, y mejora la calidad de vida global. En algunos tipos de cáncer (como mama, colon y próstata), la actividad física se asocia además con menor riesgo de recaída y mortalidad.
Así, la publicación recomienda combinar ejercicio aeróbico (caminar, bicicleta, natación…), entrenamiento de fuerza (pesas, bandas elásticas o ejercicios con el propio peso), y ejercicios de flexibilidad y equilibrio, especialmente en personas mayores, bajo la supervisión de un profesional.